55 Diálisis
Para recibir la primera diálisis al paciente se le instala un catéter directo a la yugular.
Esto se hace mediante una cirugía con anestesia local, de modo que el paciente percibe
cómo el cirujano hace gran fuerza para perforar la yugular e instalar el catéter a través del
cual, una vez conectado a la máquina de dializar, la sangre saldrá por el catéter para ser
filtrada en la máquina y volverá al paciente a través del propio catéter.
Me han instalado tres catéteres a la yugular. Entonces tengo cierta experiencia acerca de
las sensaciones que se perciben durante este proceso.
En una de estas oportunidades el cirujano a cargo de la operación fue el doctor
Ricardo José Valjalo Medina, quién consideró oportuno entrar al pabellón con dos amigos
y mantenerse conversando con ellos durante la cirugía mediante la que se me instalaba el
catéter.
Valjalo me produjo tan graves daños que en estas páginas hay un capítulo especial para él.
Un par de semanas después que regresé de Venezuela, en marzo del 2015, finalmente me
acerqué al hospital El Salvador, y si bien estaba en muy malas condiciones, no me sentía
mal.
Estuvimos nueve horas en el área de emergencia del hospital Salvador, en Santiago,
esperando ser atendido.
Durante esas horas le planteaba a mi amada Irisnorth mi deseo de no seguir esperando,
de regresar otro día.
La invitaba a cenar o tomar un trago, invitación que siempre le hago a pesar de que ella no
bebe.
Ella me decía que de ahí no se iba a mover, que mi situación era delicada, que teníamos
que esperar que me atendieran.
Cuando finalmente me hicieron pasar, después de algunos exámenes me hicieron saber
que tenía que quedarme internado.
Tan pronto hubo una cama disponible me instalaron en ella y empezaron a ponerme
sueros a la vena.
Pronto apareció un doctor que me dijo con cierta solemnidad: si usted no hubiera venido
esta noche seguramente habría muerto hoy en casa.
Entonces una más de las muchas cosas que tengo que agradecerle a Irisnorth es haber
seguido viviendo después del 2015, lo que significa, hasta la fecha de estas páginas, diez
años adicionales.
Una vez que se desocupó una cama en una sala común me instalaron en ella y me dijeron
que estaría sometido a tratamientos hasta que estuviera en condiciones de ser dializado.
Pasé diez días en esa sala común.
La situación de los compañeros de sala era complicada.
Algunos fallecieron durante esos días. Otros fueron trasladados a recintos de mayor
especialidad para tratar de salvarlos.
Cuando podía escaparme me levantaba y salía a caminar por los interminables pasillos del
hospital.
Cuando no podía hacerlo, escribía poesías.
Cuando consideraron que estaba en condiciones de ser operado me instalaron un catéter
a la yugular operación que impresiona al paciente: se hace con anestesia local lo que a
uno le permite disfrutar del salvaje espectáculo.
Instalado el catéter me trasladaron al área de diálisis donde comenzarían a dializarme.
Por alguna razón uno se imagina que la diálisis es algo terrible.
Yo encaré esa situación con preocupación, aunque sin miedo.
Afortunadamente una vez más estaba acompañado de Irisnorth.
Como de costumbre, ella andaba bellísima y elegante.
Cuando me empezaron a dializar, conteniendo sus lagrimas, ella empezó a girar alrededor
de sí misma de la manera más coqueta, para que yo disfrutara de su belleza y atractivo.
Ese coqueteo tan precioso me hizo muy grata la inquietante situación en que me
encontraba.
En ese difícil momento la vida se me hizo extremadamente agradable.
Ella no pudo contener más sus lágrimas. Se echó llorar y se fue.
Me dejó en mi primera diálisis.
La hemodiálisis no es difícil de soportar.
Simplemente hay que tener paciencia.
Algunas veces se baja un poco la tensión. Otras se sufren calambres.
En general no ocurre ni lo uno ni lo otro.
Uno pasa cuatro horas conectado una máquina sin experimentar sufrimiento alguno y en
capacidad de leer, escribir, ver TV, conversar.